En español, más de uno diría que es precisamente hacer lo que le sale del coño.
Pero lo que vengo a contarte intentaré que sea algo más profundo.
Todos tranquilos, que tampoco vengo a hacer ahora una tesis doctoral sobre el tema. De hecho, antes de preguntarnos si existe el libre albedrío, quizá haya una pregunta bastante más incómoda:
Si eres libre para elegir, ¿por qué coño no eliges?
No, no voy a intentar resolver aquí si existe o no el libre albedrío.
Podríamos meternos en filosofía, psicología, determinismo, inconsciente, biología, genética, entorno, condicionamientos y unos cuantos señores muertos que llevan siglos discutiendo sobre cuánto decidimos realmente de aquello que creemos decidir.
Pero no.
Entre otras cosas porque no tengo la respuesta y porque, para lo que quiero contarte hoy, tampoco la necesito.
Voy a hacer algo mucho menos ambicioso, pero pretendo que bastante más útil.
Durante este rato voy a llamar libre albedrío a la posibilidad de elegir cómo vivo lo que vivo y qué hago con ello.
Porque tarde o temprano, por muchas vueltas que le demos a la consciencia, llegamos a un punto nada espiritual y bastante más incómodo: hay que hacer algo.
Saber no mueve el culo
Puedes descubrir por qué haces lo que haces, conocer tus patrones, entender de dónde vienen.
Puedes hacerte una Carta Natal y descubrir cosas sobre ti que nunca habías sabido nombrar.
Puedes llenar páginas de un Bullet Journal hasta tener perfectamente identificado qué haces, cuándo lo haces, qué quieres cambiar y qué llevas siete años diciendo que vas a cambiar.
Puedes conocerte muchísimo y seguir haciendo exactamente lo mismo. Lo sé porque he estado ahí y porque sigo estando ahí en unas cuantas cosas.
Esto no se acaba cuando una consigue una libreta bonita y cuatro revelaciones.
La consciencia puede enseñarte la puerta. Pero verla no significa cruzarla.
Y entre una cosa y la otra aparece una palabra que últimamente me ronda mucho: VALOR.
No valor como cuánto vales. Valor como tener las narices de hacer algo sabiendo que va a incomodarte.
Porque si elegir cómo quiero vivir implica tomar decisiones, tarde o temprano tendré que actuar. Y si esa acción amenaza algo que hasta ahora me daba seguridad, pertenencia, comodidad, identidad o simplemente costumbre, actuar tendrá un precio.
Entonces aparece una paradoja bastante puñetera: para actuar necesito valor.
Pero ¿cómo desarrollo el valor?
Actuando.
Fantástico. Acabamos de entrar en bucle.
Yo tampoco sabía qué quería
Hace bastantes años, alrededor del mítico 2012, atravesé una de esas épocas en las que aparentemente no pasaba nada suficientemente grave y, sin embargo, yo no estaba bien.
Y eso me carcomía.
Porque cuando tienes una razón evidente para estar mal puedes señalarla.
Pero cuando miras tu vida y, sobre el papel, deberías estar bien, la pregunta empieza a ser otra: Entonces, ¿qué coño me pasa?
Hasta aquel momento había leído, había visto vídeos y había buscado respuestas.
Pero empecé a hacer algo diferente: permitirme tiempo para pensar, para estar conmigo y, finalmente, incluso pagar para que otras personas me acompañasen en ese proceso.
Puede parecer una tontería, pero para mí no lo era. Era empezar a moverme y a exponerme.
Recuerdo una conversación de aquella época. Era uno de los primeros encuentros y nos lanzaron una pregunta que parecía sencilla:
¿Qué quieres?
¡BOOM!
Yo no lo sabía.
No tenía una visión maravillosa de mi futuro esperando a que reuniera el valor suficiente para perseguirla.
Tampoco tenía un lienzo en blanco ni quería borrar toda mi historia. No quería dinamitar mi vida. Pero lo cierto es que no estaba bien y tampoco sabía qué faltaba o qué sobraba.
Entonces utilizaron una imagen que me sirvió muchísimo.
«Hay quien puede enfrentarse a un lienzo vacío y empezar a crear.
Y hay quien se parece más a un escultor delante de un bloque de piedra.
Quizá todavía no vea la figura.
Pero puede empezar quitando lo que sabe que no pertenece allí.»
Aquello me dio una salida.
Tal vez no necesitaba saber todavía qué quería ni qué coño me pasaba.
Podía empezar sabiendo qué no quería. Qué me molestaba.
Y empecé por cosas pequeñas
No hubo ninguna revolución. No abandoné mi vida, me fui al Himalaya y regresé iluminada.
Empecé diciendo que no.
No quiero esto. No me apetece ir. No quiero relacionarme de esta manera. No quiero mantener este hábito. No quiero seguir dedicando tiempo a esto.
Al principio podían ser decisiones tan pequeñas como no querer ir a determinado sitio. Pero cada «no» tenía algo interesante: tenía consecuencias.
Porque decir NO significa aceptar que alguien puede molestarse. Que quizá tengas que explicar una decisión. Que puedes decepcionar.
Que algo que llevabas haciendo toda la vida deje de formar parte de ella. O que descubras que estabas equivocada. Y, sobre todo, significa soportar la incomodidad de hacer algo diferente.
Con el tiempo llegaron otros noes. Como dejar de celebrar la Navidad como se suponía que debía celebrarla.
Durante años dedicaba meses de atención, energía, dinero y estrés a algo que no solo no me estaba llenando, sino que me estaba drenando.
Hasta que llegó un momento en que dije: No quiero seguir haciendo esto así.
Desde fuera puede parecer una decisión trivial. Para mí formaba parte de un entrenamiento.
Porque cada vez que atravesaba una incomodidad y comprobaba que podía sostener las consecuencias, algo cambiaba.
No desaparecía el miedo. Crecía el músculo. Cambiaba mi confianza en que podía atravesarlo.
Crédito personal
Me gusta llamarlo así: crédito personal.
Cada vez que detectas algo, tomas una pequeña decisión coherente contigo, soportas la incomodidad y descubres que sigues viva al otro lado, acumulas evidencia.
No de que todo vaya a salir bien. Eso sería otra fantasía de control. Acumulas evidencia de que puedes responder aunque no salga como esperabas. Y quizá ahí empiece a crecer el valor.
Una decisión permite otra. Un límite pequeño prepara para uno mayor. Un «no» puede convertirse, años después, en la capacidad de decir NO cuando hacerlo tiene un coste considerable.
El territorio se ensancha. Y quizá también se ensanche con él nuestro margen de libertad.
Entonces, ¿el valor se entrena?
Yo creo que sí.
No partimos todos del mismo sitio. No tenemos el mismo temperamento, la misma historia, las mismas circunstancias ni los mismos recursos.
Tampoco percibimos el mismo peligro ante una misma situación. Lo que para alguien supone una incomodidad de tres, para otra persona puede ser de nueve.
Y también existe quien salta al vacío. Sin entrenamiento. Sin saber siquiera si podrá sostener lo que venga después.
No somos iguales.
Pero que nuestro punto de partida esté condicionado no significa necesariamente que tengamos que quedarnos ahí.
Podemos aprender. Detectar automatismos. Practicar respuestas diferentes. Podemos ampliar nuestra capacidad para permanecer en la incomodidad sin salir corriendo inmediatamente hacia lo conocido.
Y, en realidad, para eso existe el Método ABC.
No para decirte qué decisión tienes que tomar.
La Astrología me sirve para conocer mejor las cartas con las que estoy jugando.
El Bullet Journal, para pillarme cuando digo que quiero una cosa mientras mis actos llevan tres meses diciendo otra.
La Consciencia, para comprender qué estoy haciendo, desde dónde lo estoy haciendo y ampliar las opciones.
Son herramientas. Pueden ayudarme a conocerme, observarme, cuestionarme, entrenarme. Pero hay algo que ninguna puede hacer por mí: mover el culo.
Ninguna puede tomar la decisión. Ninguna puede atravesar la incomodidad en mi lugar. Llega un punto en el que hay que hacer.
¿Y qué hace que finalmente hagamos?
Esta es la pregunta que realmente me interesa.
¿Por qué podemos pasar años sabiendo que algo nos hace daño y continuar haciéndolo?
¿Por qué podemos reconocer perfectamente un patrón y repetirlo?
¿Por qué podemos saber que queremos cambiar y seguir posponiéndolo?
¿Y por qué un día algo que llevábamos tolerando durante diez años se vuelve intolerable?
No creo que exista una única respuesta. Pero hay una que conozco bien: EL DOLOR.
Cambiar puede dar miedo. Tiene un coste. Amenaza lo conocido y no sabemos qué habrá después.
Así que permanecemos donde estamos, aunque no nos guste y nos quejemos. Aunque sepamos perfectamente qué está ocurriendo porque a veces, todavía, cambiar duele más que quedarse.
Hasta que cambia la balanza. Hasta que un día seguir igual cuesta más y entonces aparece un valor que jurábamos no tener.
No porque sufrir nos haga mejores o necesitemos tocar fondo. Ni porque el dolor sea un requisito para cambiar. Sino porque, a veces, aquello que nos protegía del miedo al cambio, deja de protegernos del dolor de permanecer. Y ahí movemos el culo.
Siempre hay opciones
Podemos esperar a que duela lo suficiente. A que la relación sea insoportable, a odiar completamente el trabajo. A que el cuerpo grite y a que aquello que llevas años sabiendo termine explotándote en la cara.
Es una opción.
La otra es entrenarte antes.
Empezar con los pequeños noes. Tomar decisiones cuyo precio puedes sostener hoy. Hacer pequeñas cosas que contradigan tus automatismos, soportar que alguien no esté de acuerdo contigo. Equivocarte y comprobar que el mundo sigue girando con su insultante indiferencia.
Descubrir que el miedo no siempre significa: «No vayas.»
A veces solo significa: «Nunca hemos ido por aquí.»
Quizá el valor no sea una cualidad que unos tienen y otros no. Quizá sea una capacidad que vamos construyendo cada vez que ampliamos un poco el territorio que somos capaces de habitar.
¿Somos libres?
Ni puta idea.
No sé cuánto de mí estaba decidido antes de que yo pudiera decidir nada. No recuerdo elegir mi genética. No elegí muchas de las experiencias que me construyeron ni los primeros automatismos que aprendí.
No puedo elegir qué harán los demás y, desde luego, no puedo controlar todo lo que va a ocurrirme mañana. Pero cada vez me interesa menos saber si soy completamente libre. Me interesa saber qué hago con la libertad que sí tengo.
Porque quizá no pueda elegir todas las cartas, pero puedo aprender a reconocer cuáles tengo en la mano. Puedo descubrir cómo suelo jugarlas y pillarme cuando vuelvo a hacer lo mismo.
Y alguna vez puedo probar otra jugada. Primero pequeña. Luego otra, y otra… Hasta que aquello que un día parecía imposible entra dentro de lo que soy capaz de sostener. Quizá eso sea entrenar la libertad.
No sé si tú sabes decirme qué es el libre albedrío. No voy a preguntártelo. Voy a preguntarte algo bastante más incómodo:
¿Cuánto te está costando no hacerlo?
¿Cuánto tiempo?
¿Cuánta energía?
¿Cuánta paz?
¿Cuántas veces más necesitas traicionarte para evitar la incomodidad de cambiar?
¿Hasta dónde necesitas que duela?
Porque puedes esperar. Puedes esperar a que el dolor decida por ti. A que un día quedarte sea tan insoportable que moverte deje de parecer valiente y se convierta en la única salida posible. O puedes empezar antes.
No hace falta que hoy sepas qué coño quieres pintar. Solo mira la piedra. ¿Qué sobra?
Y ahora viene la única pregunta que importa:
¿vas a seguir mirándolo o vas a coger de una puta vez el cincel?
Bárbara
Creadora del Método ABC
(AstroBujoCons)
Este blog no es para leer y seguir igual.
Es para que algo se mueva.
Puedes empezar por donde te resulte más fácil:
→ Suscríbete a la newsletter y recibe cada nuevo paso directamente en tu correo. Sin ruido. Sin filtros.
→ Déjame un comentario. No para darme la razón, sino para ver qué se ha movido en ti.
→ O ven a Instagram y Telegram, donde este juego sigue vivo, sin guion y en tiempo real.
Entender está bien.
Pero jugar… es otra cosa.
Y recuerda que el juego es real si tú lo haces real.


Deja un comentario