¿Alguien recuerda por aquí aquel mítico anuncio de televisión: ¡Arranca, que llevo manos libres!?
Fue a principios de los 2000, cuando una conocida marca de bebida espirituosa con nombre caribeño lanzó una campaña publicitaria que caló en el público y en mi vida mucho más profundo de lo imaginable.
“Si nos tomáramos la vida tan en serio no tendríamos Malibu”.
Era el eslogan de todos los anuncios de la campaña.
No sé si fue aquello de “no tomarse la vida en serio” o el hombre montado en un burro, con un móvil sujeto a su cabeza mientras ordenaba ¡Arrancar!, lo que me caló más hondo. Pero puedo prometer que ambos mensajes están profundamente ligados a mi experiencia vital.
Sentirme tan identificada con aquella escena cambió mi paradigma de vida, al punto de convertir aquel eslogan en un pilar existencial que me llevó a interpretar y vivir la vida como un juego.
Y no porque de aquella me tomara la vida a broma, sino porque solía hacer chistes de todo aquello que por incómodo prefería no mirar.
Pero ya dice el refranero español que entre broma y broma la verdad asoma, y cuando eso pasa no queda otra que hacerse cargo. Que es justo el mensaje de fondo de todo lo que pretendo compartir en el blog que aquí comienza.
Lo cierto es que no tengo yo mucho que aportar a la Hipótesis de la Simulación. Ni siquiera soy persona formada para meterme en semejante fregado.
Pero oye, si la ciencia dice que nuestra mente no distingue realidad de ficción, a mí no me parece idea loca esto de creer que la vida es un juego y que soy YO quien lleva los mandos.
Sea cierto o no… ¡mi mente no lo diferencia!
Como poco, al igual que el abejorro, me puede llevar a volar aunque las leyes de la aerodinámica digan que es imposible. ¿No?
¡Ojo! Dale un par de vueltas a este mensaje, que es columna vertebral de lo que aquí me trae. Pero por ahora volvamos al anuncio y al burro…
Cuando digo que he encarnado ambos mensajes, es literal. Hubo una parte de mi vida en la que vivía con el teléfono pegado a la cabeza con una diadema para poder tener las manos libres mientras me pasaba más de 12 horas en conversación.
¿Tenía yo una multinacional o un cargo de ministro?
Pues lo cierto es que NO.
Esa fue la manera más práctica de solucionar mi “superproblema”, que no era otro que poder llegar a cubrir todas las tareas que conlleva ser hija, madre, amantísima esposa y ama de casa en las 24 horas de las que dispone todo ser humano.
El hueso del asunto es que no tenía las obligaciones y deberes de un alto ejecutivo, pero lo que sí tenía bastante parecido eran los niveles de estrés. Y es que, más allá de entrar en definiciones o diagnósticos, de aquella no me sentía contenta.
Vamos, que no es que no me hiciera gracia el juego. Es que, cuanto menos, me cuestionaba el significado de la vida.
Sin embargo, ahí estaba, disfrutando y orgullosa de mi invento. Un trozo de velcro en una diadema para unir el teléfono a mi cabeza y poder despotricar en bucle todo el día, mientras hacía ricos bizcochos caseros.
¿Y qué pasó?
Pues lo único que podía pasar. Que, a pesar de darme cuenta, no podía quitarme aquella diadema porque sentía que me dejaba “las manos libres”.
¡Hasta que enfermé!
Y, como es lógico, tomé medidas al respecto. ¡Quejarme! Mucho, muchísimo.
Para ello usaba aún más el teléfono, y así poder repetir las mismas conversaciones que había tenido en persona un rato o unos días antes, y con las mismas personas.
Y así se pasaban los días, los meses y los años… Y es que darme cuenta de que estaba en bucle, quejarme y pelearme con ponerme o no el teléfono en la cabeza no fue suficiente para cortar el patrón.
Un patrón tan instalado en mi sistema que me juraba a mí misma no coger el teléfono y lo siguiente que hacía era llamar a mi amiga para informarle, orgullosa, de mi nueva decisión.
Porque claro: “me dejaba las manos libres”.
Lo cierto es que darse cuenta no suele ser suficiente. La creencia de “tener las manos libres” nos ata a comportamientos tan automáticos que nos impiden salir de programas que no nos convienen.
Quizá no es necesario tener las manos realmente libres para dar de baja el teléfono. Que, por cierto, es justo lo que hice para no tener nada a lo que agarrarme cuando el programa se disparaba.
Y es que para pasar de vivir una vida en automático a vivir con responsabilidad consciente hace falta mucho más que darse cuenta.
Aunque, sin duda, es un primer paso imprescindible. No nos libra de tener que andar el camino, atravesar el proceso y la incomodidad. Y muchísimo menos de estar dispuestos a hacer lo que sea necesario, por retador que resulte, para reprogramar todo aquello que se dispara en automático y no juega a nuestro favor.
Porque sí. Dar de baja la línea telefónica de casa no solo trajo preguntas incómodas y cuestionamientos de quienes solían ocupar el otro lado de la línea.
También supuso enfrentarme a mí misma. A mis propias dudas y, sobre todo, a descubrir que la conversación seguía dentro de mi cabeza, y que esta vez no podía solucionarlo dando de baja la línea. Y eso sí que fue un buen paseo en burro…
Pero oye, ni tan mal. Al fin y al cabo, me ha traído hasta aquí.
Así que, como rezaba el eslogan de aquella campaña, ¡arrancamos!
Bárbara
Creadora del Método ABC
(AstroBujoCons)
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